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12 de septiembre de 2007
 

MENSAJE 

PALABRAS DEL AUTOR LA NOCHE DE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO LA JUSTICIA EN SUS MANOS: HISTORIA DEL TRIBUNAL SUPREMO DE PUERTO RICO

Buenas noches a todos. Como pueden imaginar, este es un día muy significativo para mí. Porque hoy, por fin, damos el pistoletazo inicial para que ustedes enfrenten cara a cara la obra que aquí presentamos.

Antes que nada, quiero agradecer a la doctora Mercedes López-Baralt, la amiga y cómplice de tantos años, su gentileza al acceder a presentar el libro. Algunos se preguntarán: “¿por qué Mercedes?” Y yo contesto porque desde su nacimiento, ella estaba sentenciada a pagar una gran deuda familiar con el Tribunal Supremo de Puerto Rico. Resulta que la Mercedes que acaban de escuchar es nieta de don Joaquín López Cruz, quien fue el Secretario del Tribunal durante 31 años. Pero eso no es todo, el padre de Mercedes, el abogado José López Baralt, fue un miembro prominente de la Junta de Reválida. Y fue en ese mismo tribunal, en uno de los temidos exámenes orales de aquellos tiempos, que quedó impresionado con la inteligencia de la aspirante a abogada Emma Cardona Álvarez. Sucedió lo que tenía que suceder y Mercedes casi nace en el Tribunal.

Y, para completar, la tía paterna de Mercedes, de quien seguramente heredó el nombre, Mercedes López de Somohano (la esposa del recordado músico Arturo Somohano), en la década de los cincuenta fue la secretaria del juez presidente Cecil Snyder y, después, en 1966, pasó a desempeñarse como sub secretaria del Tribunal. En resumen, que la Mercedes de carne y hueso que tenemos aquí presente, es la encarnación de una sentencia sin plazo prescriptivo, que hoy, por fin, pudimos ejecutar. Gracias, Mercedes.

Debo agradecer también a los fiduciarios de la Fundación Histórica del Tribunal Supremo la confianza que depositaron en mí cuando pusieron en el proyecto en mis manos. Vaya un agradecimiento muy particular a su pasado presidente, hoy juez del Tribunal de Apelaciones, Luis Roberto Piñero; al actual presidente, el licenciado José M. Rodríguez Garrido, quien timoneó hábilmente casi todo el recorrido de esta aventura; y al Director Ejecutivo de la entidad, Jorge Marchand, por el entusiasmo con el que coordinó los trabajos e integró a todo el personal de su oficina.
La Fundación Histórica, como organismo promotor de la obra, quiso recuperar parte de la memoria del Tribunal Supremo para divulgarla a las nuevas camadas y provocar otros audaces acercamientos al tema. Esta mirada, en cierta medida panorámica, porque resalta principalmente lo más obvio y fija el lente en la anécdota y el acto conmemorativo, sólo es otro intento de aproximación al tribunal real y una de las múltiples posibilidades de interpretación. Se trata de una visión fragmentaria (toda reconstrucción histórica es fragmentaria por naturaleza), porque el Tribunal Supremo opera con un alto grado de confidencialidad, y porque es una institución que vive de silencios para hablar sólo con sentencias.

Queda, por supuesto, el reto para que otros investigadores hurguen con ojo incisivo hasta capturar los matices indispensables para armar un relato más rico, más enjundioso y más renovador que éste. Existen (y puedo dar fe de ello) abundantes piezas sueltas, variados enigmas por resolver y muchísimos personajes tras bastidores que, sin duda, abonarían a una futura incursión en estos intimidantes pero, a la vez, sabrosos espacios de las togas y el mallete.

No quiero dejar pasar este momento sin divulgar una interioridad. Este libro sobre la historia del Tribunal Supremo que hoy presentamos también encubre la historia de un gran engaño. Aclaro de inmediato. Resulta que cuando la Fundación me propuso que lo escribiera, yo estaba en la fase final de otro proyecto: la redacción de una biografía novelada del juez Cecil Snyder. Tanta era mi pasión por aquel libro, que decliné la invitación. Entonces aparecieron los anzuelos típicos que suelen lanzarse cuando hay componendas en el ambiente. ¡Que si sólo buscaban publicar un folletito de 60 páginas para los estudiantes de la escuela secundaria!, ¡que si era un proyecto que se completaría en tres meses!, ¡que si la materia prima (entiéndase, documentos, fotos y expedientes) estaba lista esperando por mi!, ¡que contaría con tres secretarias y cuatro asistentes!. Confieso que me ablandaron el corazón, y acepté. Así que puse en “compás de espera” a mi querido amigo Cecil Snyder y me dispuse a perder cuerpo, mente y alma con tal de cumplir con la palabra empeñada.

Pronto, sin embargo, di con la cabeza en la piedra. Una mañana me personé a la biblioteca del Tribunal Supremo a recoger el material prometido y la santa de Ivette Torres, la bibliotecaria más eficiente que haya conocido la historia de este país, me entregó un sobre que contenía dos escuálidos folletos, cuatro recortes de periódico y trece descoloridas fotografías. Ese mismo día, sin embargo, intuí que no había razón para quejas y que el camino no lo recorrería solo. Cuando comencé a rebuscar en los olvidados archivos, muchos salieron a darme la bienvenida. Eran los hongos, esos fieles acompañantes de los investigadores, que cogidos de la mano celebraban mi llegada a aquellos desolados lugares. Me recibían con un jubiloso y elocuente saludo: “Hola amigo, quieres que te acompañemos durante el resto del recorrido”. Y yo, que soy de los que cree que antes que solo, mejor mal acompañado, acogí la invitación. Esa amigable compañía significó dos años de alergias crónicas. 

Las fotos para documentar el libro fueron otro periplo. Tuve que remover cielo y tierra para dar con la foto precisa que ilustrara el evento que acababa de narrar. No obstante, algunas de ellas resultaron ariscas o escurridizas. Un día recibí una inesperada llamada: por suerte, habían aparecido las fotos que yo tanto andaba buscando. Así que fui por ellas. Cuando regresaba al automóvil, era tanta la euforia en mí que no reparé en una raíz que sobresalía del pavimento. Tropecé y perdí el equilibrio, y al ver que cuerpo y fotos irían a darse un chapuzón en las turbias aguas acumuladas entre la Biblioteca y el Museo de la Universidad, contorsioné el cuerpo como lo hace un malabarista durante la ruta de la caída. Por suerte, fui a estrellarme contra mi modesto Toyota. El diagnóstico no fue reservado: contusión en el pómulo izquierdo, laceración seria en la rodilla derecha y dos costillas rotas. Pero las fotos, que mantuve en alto, como una bandera que flota, bien sea dicho, quedaron a salvo.

Pues bien, hablando de fotos, tengo que reconocer que varias personas proveyeron gran parte del material gráfico que ilustra este libro. De ellas debo destacar al arquitecto Enrique Vivoni Farage, a la gente de la Colección de Fotos del Periódico El Mundo, con sede en la Universidad de Puerto Rico, y a Loren Ferré y José Sánchez Díaz de los periódicos El Nuevo Día y Primera Hora.

Debo significar aquí que este proyecto también contó con el apoyo del juez presidente Federico Hernández Denton y de todos los jueces y juezas asociadas. También colaboraron todos los ex jueces (quienes me ofrecieron sus testimonios y me dejaron entrar en la intimidad de sus colecciones privadas de fotos y documentos). Distingo además a otros funcionarios del Tribunal Supremo como los jueces Sigfrido Steidel y Ángel Colón Pérez, la Directora de la Biblioteca Ivette Torres Álvarez, la Secretaria Aida I. Oquendo, la Directora del Archivo Central de la Rama Judicial María Socorro Rosario y la Directora de la Oficina de Administración de los Tribunales Sonia Ivette Vélez.

Publicar un libro con una editorial del prestigio de Santillana, puede significar mucho, entre otros asuntos ajustarse a su famosa “hoja de ruta”. La expresión “hoja de ruta” no es otra cosa que una forma literaria de llamar a eso que todos conocemos como trabajo planificado. Porque la publicación de un libro conlleva un importante proceso si se quiere transitar del terreno de lo deseable al terreno de lo posible: es decir, una secuencia armónica de pasos que permita la integración de los recursos humanos y tecnológicos. La aplicación de esa metodología permite el éxito del proyecto; no hacerlo puede comportar problemas graves.

Pues bien, armar este libro significó subvertir hoja de ruta de Santillana; porque durante los largos meses que duraron los trabajos de edición, composición e ilustración, debí mudarme a sus oficinas en Guaynabo. Allí interrumpí otros proyectos. Tanto mortificó mi presencia en aquel espacio, que llegaron a escucharse voces que decían: “Cierren las puertas, que por ahí viene el profesor”.

Sólo el espíritu de aventura de un andaluz como Ignacio Romero Rovira, Director General del Grupo Santillana, y el genio creativo de los artistas del Departamento de Proyectos Educativos de la editorial, como Karys Acosta Marrero, José Manuel Ramos y Evelyn García Rodríguez, lograron que el proyecto no naufragara. Por supuesto, al comando de ese pelotón de talento estaba otra persona a quien considero coautora de este libro: me refiero a Lillia Cruz Viñas. La gran Lilly, pensó y repensó conmigo el concepto que finalmente pudimos concretar; me acompañó desde el principio del viaje; puso un empeño desmedido en el proyecto, trabajó en el diseño de la maqueta, la edición y la organización del material, me convenció de lo atractivo que resultaría presentar el contenido con un texto principal y otros textos de apoyo, y actuó como pareja de guerrilla cuando fue necesario remover la piedra que alguien puso en el camino. Gracias, Lilly.

Finalmente, quiero testimoniar que durante todo el proceso de investigación me animaron muchísimas personas que ahora, por razones de tiempo, no puedo mencionar. Sí me he asegurado de que sus nombres aparezcan en el libro. No puedo dejar de mencionar, sin embargo, al amigo y mentor Mariano Feliciano Fabre, y a mis colegas de la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana de Puerto Rico.

Gracias, nuevamente por estar aquí. Espero celebrar este libro con cada uno de ustedes.

 

 

 

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